
Las personas merecen respeto. Sus ideas, no necesariamente.
Hay un votante que un día creyó en alguien. Vio una promesa, una voz, algo que parecía verdad. Votó. Puede que se haya equivocado, como nos equivocamos todos alguna vez frente a una urna. Eso es humano. Lo que no es humano es convertir ese voto en una fe.
Equivocarse al votar tiene solución. Equivocarse en pensar, también. Pero solo si uno decide pensar.
El filósofo español José Antonio Marina lleva años diciéndolo: lo que merece respeto es el derecho a opinar. El contenido es otra conversación. Puede haber opiniones injustas, racistas, construidas sobre ignorancia voluntaria, la peor especie, porque es la que más se ofende cuando le piden que argumente. Que un líder las repita con convicción no las vuelve respetables. Las vuelve refutables.
Pero cuestionar al líder se volvió traición.
Respetar todas las opiniones por igual no es tolerancia. Es pereza intelectual disfrazada de virtud. Es el mundo donde la mentira repetida compite de igual a igual con el dato verificado. Donde el que grita más fuerte tiene tanto peso como el que estudió toda su vida.
Eso no es pluralismo. Es un empate amañado.
Admirarlo no te obliga a creerle todo. Haberlo votado no te convierte en su abogado de oficio. Busca otras fuentes. Contrasta. Verifica.
Tu criterio no le pertenece a nadie.
La próxima vez que defiendas una opinión solo porque viene de alguien a quien admiras, párate. Escúchala. Analízala. Y si no tiene argumento, archívala.
Aunque duela. Especialmente si duele.


