Verdades Incómodas Sobre la Maternidad Moderna

February 22, 2026
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De la maternidad como destino a la maternidad como decisión

Durante buena parte del siglo XX, la maternidad no era realmente una elección. Era, más bien, lo que se esperaba. Un supuesto silencioso que casi nadie cuestionaba. Hoy, en gran parte del mundo, esa realidad se ha movido de lugar. La maternidad sigue siendo importante, sí, pero ahora es una variable dentro de muchas posibles.

El contraste no es menor. Es demográfico y también profundamente humano. En 1950, la tasa global de fecundidad superaba los cinco hijos por mujer. Para 2023, ronda los 2,3 y continúa bajando. En Europa, Asia Oriental y algunas zonas de América Latina ya está por debajo del nivel de reemplazo. Y no, este cambio no se explica por una sola causa moral o cultural. Más bien responde, como suele pasar con los grandes giros sociales, a una combinación de transformaciones estructurales que se fueron acumulando con el tiempo.

Durante generaciones, tener hijos fue parte del contrato social femenino, aunque nadie lo llamara así en voz alta. Las opciones eran estrechas: acceso limitado a la educación superior, menor presencia en el mercado laboral, métodos anticonceptivos escasos o cargados de estigma. En ese contexto, la maternidad no solo era frecuente; era el eje alrededor del cual se organizaba la identidad de muchas mujeres y la expectativa colectiva sobre ellas.

Hoy ese contrato se está renegociando. Y se nota.

En economías urbanas avanzadas, desde Bogotá, California hasta Seúl, las mujeres han alcanzado niveles educativos iguales o incluso superiores a los de los hombres. Al mismo tiempo, su participación laboral ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas. Este punto pesa mucho en la vida cotidiana, el costo de criar hijos se ha disparado: vivienda, educación, salud, cuidado infantil. Todo suma, y suma rápido.

La ecuación, inevitablemente, cambió.

No se trata de que más mujeres “no quieran” tener hijos, como a veces se simplifica en ciertos debates. Lo que ocurre es más complejo y, en muchos casos, más pragmático. Durante décadas, la maternidad fue una expectativa social difícil —casi imposible— de desafiar. Estaba ahí, instalada, como parte del guion. Hoy lo que ha cambiado no es solo el deseo de las mujeres, sino algo más profundo: el margen real de decisión.

La maternidad ya no se da por sentada como un destino inevitable. Cada vez más se vive como una elección que debe convivir, a veces con tensión, con las aspiraciones profesionales, la autonomía económica y el bienestar personal. Y esa decisión no ocurre en el vacío. Se toma dentro de mercados laborales que todavía castigan el cuidado, economías donde criar hijos es cada vez más costoso y culturas que —aunque han avanzado— siguen colocando la mayor carga doméstica sobre los hombros femeninos.

Por eso, reducir este fenómeno a una simple preferencia individual se queda corto. Lo que estamos viendo, en muchos casos, es un ejercicio de autonomía en sistemas que aún no reparten el poder ni el cuidado de forma equitativa. La maternidad dejó de ser automática, sí, porque las mujeres ampliaron sus horizontes. Pero también porque aprendieron,muchas veces por experiencia propia o cercana, que asumirla sin redes, sin corresponsabilidad y sin garantías tiene un costo estructural que ya no están dispuestas a ignorar.

Esta transición también tiene consecuencias económicas visibles. Los países con baja natalidad ya enfrentan presiones sobre sus sistemas de pensiones y sus mercados laborales. Por eso, varios gobiernos en Europa y Asia han lanzado incentivos financieros para estimular la fecundidad. Sin embargo, los resultados han sido modestos. La evidencia sugiere que las transferencias económicas, por sí solas, difícilmente cambian decisiones estructurales cuando el costo de oportunidad, especialmente para las mujeres, sigue siendo alto.

Y ahí está uno de los nudos del problema.

La maternidad continúa teniendo un impacto desproporcionado en las trayectorias profesionales femeninas. Diversos estudios muestran que el llamado motherhood penalty, la penalización salarial asociada a tener hijos, persiste incluso en economías desarrolladas. En contraste, la paternidad rara vez implica un castigo comparable. Dicho de forma sencilla: el sistema todavía no reparte el costo del cuidado de manera equitativa.

En este contexto, decidir no tener hijos, o tener menos, no puede leerse únicamente como individualismo cultural. Muchas veces es una respuesta racional a estructuras que siguen siendo desiguales.

Ahora bien, reducir todo a números tampoco alcanza. Aquí también hay un cambio simbólico, más silencioso pero igual de profundo.

Las generaciones anteriores crecieron con la idea de que la realización femenina pasaba, casi obligatoriamente, por la maternidad. Las generaciones actuales se mueven dentro de un marco de identidad mucho más amplio: liderazgo, emprendimiento, creatividad, activismo, comunidad. El impulso de cuidar no desapareció; lo que cambió fue su forma de expresarse. Hoy puede canalizarse en mentorías, proyectos sociales, redes de apoyo o comunidades profesionales.

La diferencia no es la desaparición del deseo de maternar. Es la ampliación, real y tangible, del margen de elección.

Este giro también tiene una dimensión política que no conviene ignorar. El control reproductivo, acceso a anticonceptivos, aborto seguro, educación sexual, ha sido uno de los factores más determinantes en la autonomía económica femenina. Donde ese acceso se restringe, la participación laboral y educativa suele resentirse. Donde se garantiza, las trayectorias vitales se diversifican con rapidez.

Por eso, los debates actuales sobre derechos reproductivos no son solo morales. También son debates sobre productividad, demografía y distribución del poder. En el fondo, sobre quién decide el calendario de la vida de las mujeres.

Algunos críticos ven la caída de la natalidad como una señal de decadencia cultural. Otros la interpretan como síntoma de precariedad económica. Ambas lecturas tienen algo de verdad, pero ninguna explica el cuadro completo. Lo que emerge con más claridad es la consolidación de la agencia individual.

Las bisabuelas parieron en contextos donde la alternativa era mínima. Muchas mujeres hoy, maternidad tardía, maternidad reducida o no maternidad, toman decisiones en un entorno que, aunque imperfecto, ofrece opciones reales.

Reconocer este cambio no implica juzgar a ninguna generación. Implica entender que el control sobre la reproducción sigue siendo uno de los indicadores más precisos del grado de autonomía femenina en una sociedad.

La pregunta hacia adelante no es si las mujeres deberían tener más o menos hijos. La pregunta, mucho más incómoda, es si los sistemas económicos, laborales y de cuidado están diseñados para que la maternidad, cuando se elige, no implique una penalización estructural.

Porque, en última instancia, el paso de destino a decisión no solo está redefiniendo la demografía. Está redefiniendo la idea misma de libertad.

Y esa transformación, silenciosa pero persistente, ya está marcando el rumbo de nuestro tiempo.

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De la maternidad como destino a la maternidad como decisión

Durante buena parte del siglo XX, la maternidad no era realmente una elección. Era, más bien, lo que se esperaba. Un supuesto silencioso que casi nadie cuestionaba. Hoy, en gran parte del mundo, esa realidad se ha movido de lugar. La maternidad sigue siendo importante, sí, pero ahora es una variable dentro de muchas posibles.

El contraste no es menor. Es demográfico y también profundamente humano. En 1950, la tasa global de fecundidad superaba los cinco hijos por mujer. Para 2023, ronda los 2,3 y continúa bajando. En Europa, Asia Oriental y algunas zonas de América Latina ya está por debajo del nivel de reemplazo. Y no, este cambio no se explica por una sola causa moral o cultural. Más bien responde, como suele pasar con los grandes giros sociales, a una combinación de transformaciones estructurales que se fueron acumulando con el tiempo.

Durante generaciones, tener hijos fue parte del contrato social femenino, aunque nadie lo llamara así en voz alta. Las opciones eran estrechas: acceso limitado a la educación superior, menor presencia en el mercado laboral, métodos anticonceptivos escasos o cargados de estigma. En ese contexto, la maternidad no solo era frecuente; era el eje alrededor del cual se organizaba la identidad de muchas mujeres y la expectativa colectiva sobre ellas.

Hoy ese contrato se está renegociando. Y se nota.

En economías urbanas avanzadas, desde Bogotá, California hasta Seúl, las mujeres han alcanzado niveles educativos iguales o incluso superiores a los de los hombres. Al mismo tiempo, su participación laboral ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas. Este punto pesa mucho en la vida cotidiana, el costo de criar hijos se ha disparado: vivienda, educación, salud, cuidado infantil. Todo suma, y suma rápido.

La ecuación, inevitablemente, cambió.

No se trata de que más mujeres “no quieran” tener hijos, como a veces se simplifica en ciertos debates. Lo que ocurre es más complejo y, en muchos casos, más pragmático. Durante décadas, la maternidad fue una expectativa social difícil —casi imposible— de desafiar. Estaba ahí, instalada, como parte del guion. Hoy lo que ha cambiado no es solo el deseo de las mujeres, sino algo más profundo: el margen real de decisión.

La maternidad ya no se da por sentada como un destino inevitable. Cada vez más se vive como una elección que debe convivir, a veces con tensión, con las aspiraciones profesionales, la autonomía económica y el bienestar personal. Y esa decisión no ocurre en el vacío. Se toma dentro de mercados laborales que todavía castigan el cuidado, economías donde criar hijos es cada vez más costoso y culturas que —aunque han avanzado— siguen colocando la mayor carga doméstica sobre los hombros femeninos.

Por eso, reducir este fenómeno a una simple preferencia individual se queda corto. Lo que estamos viendo, en muchos casos, es un ejercicio de autonomía en sistemas que aún no reparten el poder ni el cuidado de forma equitativa. La maternidad dejó de ser automática, sí, porque las mujeres ampliaron sus horizontes. Pero también porque aprendieron,muchas veces por experiencia propia o cercana, que asumirla sin redes, sin corresponsabilidad y sin garantías tiene un costo estructural que ya no están dispuestas a ignorar.

Esta transición también tiene consecuencias económicas visibles. Los países con baja natalidad ya enfrentan presiones sobre sus sistemas de pensiones y sus mercados laborales. Por eso, varios gobiernos en Europa y Asia han lanzado incentivos financieros para estimular la fecundidad. Sin embargo, los resultados han sido modestos. La evidencia sugiere que las transferencias económicas, por sí solas, difícilmente cambian decisiones estructurales cuando el costo de oportunidad, especialmente para las mujeres, sigue siendo alto.

Y ahí está uno de los nudos del problema.

La maternidad continúa teniendo un impacto desproporcionado en las trayectorias profesionales femeninas. Diversos estudios muestran que el llamado motherhood penalty, la penalización salarial asociada a tener hijos, persiste incluso en economías desarrolladas. En contraste, la paternidad rara vez implica un castigo comparable. Dicho de forma sencilla: el sistema todavía no reparte el costo del cuidado de manera equitativa.

En este contexto, decidir no tener hijos, o tener menos, no puede leerse únicamente como individualismo cultural. Muchas veces es una respuesta racional a estructuras que siguen siendo desiguales.

Ahora bien, reducir todo a números tampoco alcanza. Aquí también hay un cambio simbólico, más silencioso pero igual de profundo.

Las generaciones anteriores crecieron con la idea de que la realización femenina pasaba, casi obligatoriamente, por la maternidad. Las generaciones actuales se mueven dentro de un marco de identidad mucho más amplio: liderazgo, emprendimiento, creatividad, activismo, comunidad. El impulso de cuidar no desapareció; lo que cambió fue su forma de expresarse. Hoy puede canalizarse en mentorías, proyectos sociales, redes de apoyo o comunidades profesionales.

La diferencia no es la desaparición del deseo de maternar. Es la ampliación, real y tangible, del margen de elección.

Este giro también tiene una dimensión política que no conviene ignorar. El control reproductivo, acceso a anticonceptivos, aborto seguro, educación sexual, ha sido uno de los factores más determinantes en la autonomía económica femenina. Donde ese acceso se restringe, la participación laboral y educativa suele resentirse. Donde se garantiza, las trayectorias vitales se diversifican con rapidez.

Por eso, los debates actuales sobre derechos reproductivos no son solo morales. También son debates sobre productividad, demografía y distribución del poder. En el fondo, sobre quién decide el calendario de la vida de las mujeres.

Algunos críticos ven la caída de la natalidad como una señal de decadencia cultural. Otros la interpretan como síntoma de precariedad económica. Ambas lecturas tienen algo de verdad, pero ninguna explica el cuadro completo. Lo que emerge con más claridad es la consolidación de la agencia individual.

Las bisabuelas parieron en contextos donde la alternativa era mínima. Muchas mujeres hoy, maternidad tardía, maternidad reducida o no maternidad, toman decisiones en un entorno que, aunque imperfecto, ofrece opciones reales.

Reconocer este cambio no implica juzgar a ninguna generación. Implica entender que el control sobre la reproducción sigue siendo uno de los indicadores más precisos del grado de autonomía femenina en una sociedad.

La pregunta hacia adelante no es si las mujeres deberían tener más o menos hijos. La pregunta, mucho más incómoda, es si los sistemas económicos, laborales y de cuidado están diseñados para que la maternidad, cuando se elige, no implique una penalización estructural.

Porque, en última instancia, el paso de destino a decisión no solo está redefiniendo la demografía. Está redefiniendo la idea misma de libertad.

Y esa transformación, silenciosa pero persistente, ya está marcando el rumbo de nuestro tiempo.

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